Calla,
calla. No soy el mar, no soy el cielo,
ni tampoco
soy el mundo en que tú vives.
Soy ei calor
que sin nombre avanza sobre las piedras frías,
sobre las
arenas donde quedó la huella de un pesar,
sobre el
rostro que duerme como duermen las flores
cuando
comprenden, soñando, que nunca fueron hierro.
Soy el sol
que bajo la tierra pugna por quebrantarla
como un
brazo solísimo que al fin entreabre su cárcel
y se eleva
clamando mientras las aves huyen.
Soy esa
amenaza a los cielos con el puño cerrado,
sueño de un
monte o mar que nadie ha transportado
y que una
noche escapa como un mar tan ligero.
Soy el
brillo de los peces que sobre el agua finge una red de deseos,
un espejo
donde la luna se contempla temblando,
el brillo de
unos ojos que pueden deshacerse
cuando la
noche o nube se cierran como mano.
Dejadme
entonces, comprendiendo que el hierro es la salud de vivir,
que el
hierro es el resplandor que de sí mismo nace
y que no
espera sino la única tierra blanda a que herir como muerte,
dejadme que
alce un pico y que hienda a la roca,
a la
inmutable faz que las aguas no tocan.
Aquí a la
orilla, mientras el azul profundo casi es negro,
mientras
pasan relámpagos o luto funeral, o ya espejos,
dejadme que
se quiebre la luz sobre el acero,
ira que,
amor o muerte, se hincará en esta piedra,
en esta boca
o dientes que saltarán sin luna.
Dejadme, sí,
dejadme cavar, cavar sin tregua,
cavar hasta
ese nido caliente o plumón tibio,
hasta esa
carne dulce donde duermen los pájaros,
los amores
de un día cuando el sol luce fuera.
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